Qué envidia los niños bilingües, qué facilidad, qué soltura…¡cuántas veces habremos oído, pensado  o incluso dicho algo similar!

Nos fascina la facilidad de los niños para aprender un idioma cuando nosotros tenemos que enfrentarnos a la gramática, al diccionario, a las series y películas en versión original, a los nativos…

Se habla mucho sobre la forma de aprender la lengua materna que tiene un niño, en comparación con la forma en que los adultos aprendemos nuevos idiomas.

niño idioma

Los niños parten de cero, digamos que su conocimiento de la comunicación está vacío y lo van llenando poco a poco observando e imitando lo que ven a su alrededor.  Y a su alrededor aprenden que su madre se identifica como “mamá” y su padres como “papá”.

Estas palabras, por suerte para los padres, se realizan con sonidos muy simples y sencillos, aunque es más sencillo, y por ello también suele ser anterior, “mamá” que “papá” ; además de ser fáciles de pronunciar, son muy útiles.

De esta forma los pequeños van aprendiendo las palabras que más se repiten y empiezan a decir “sí” o “no”, algo parecido a “agua” y poco a poco van cubriendo sus necesidades de comunicación más básicas. Sin embargo, continúan ampliando, aprendiendo a asociar palabras con ideas (así “mesa” la asocian rápidamente al mueble básico de 4 patas que todos tenemos en mente; más adelante aprendemos que existe la mesilla) y así seguimos avanzando y empezamos a expresas acciones. Todo adquirido por lo que escuchamos, oímos, vemos, relacionamos e imitamos y al cabo del tiempo, terminamos aprendiendo a usarlo todo ello de forma adecuada sin que nadie nos explique ni cómo, ni por qué eso es así.

adulto idioma

Al otro lado de la balanza se encuentra el adulto que quiere aprender un idioma. Su forma de aprenderlo es diferente. Él no parte de cero, su conocimiento de la comunicación no está vacío, el tiene el concepto “mesa” y la idea o concepto de aquello a lo que corresponde, bien claro y bien fijado; así que cuando aprende la palabra “table” (mesa en inglés), la relaciona directamente con “mesa”, el equivalente en su idioma. Esto nos lleva a la necesidad de traducir cada palabra, para llevarla a nuestro campo de seguridad en el que las cosas tienen su nombre y concepto bien asociados.

Nuestro proceso de aprendizaje,  cuando se trata de una nueva lengua, tiende a comparar sobre la base que ya tenemos, o a ampliarla en los casos en los que en nuestra lengua materna no encuentra correspondencia. Y el problema es que no estamos aprendiendo en inmersión en la mayoría de casos, como el niño.

Sin embargo, una parte de nuestro aprendizaje sí es como el del niño: cuando vamos al extranjero aprendemos el buen uso de lo que ya hemos aprendido; por ejemplo, en alemán aprendemos a responder a un gracias, es decir, “de nada” o “bitte schön”, sin embrago, el “bitte schön” del alemán se usa en más ocasiones que el “de nada” español y ocasiones diferentes. Esto sólo lo podemos aprender en inmersión o con trato frecuente con nativos, si no es complicadísimo.

Por ello, la mejor forma de aprender bien un idioma es intentar, en la medida de lo posible, aprenderlo en inmersión, rodearnos de la lengua todo lo que podamos y combinarla inmersión con clases de idiomas. En el caso de nuestros alumnos de español como lengua extranjera (que son los únicos que aprenden en inmersión total), se nota mucho más rápidamente el avance en la lengua que en los demás, pero las clases de idiomas en su empresa siguen siendo el complemento necesario.